Viuda Rumi Viuda Rumi es una estatua de roca natural de color negro que asemeja a una mujer viuda cargando un niño en sus espaldas, se encuentra en la parte alta del lado este del pueblo de Chungui. En los años que la violencia asoló la región una mañana amaneció con una bandera roja, los soldados subieron y la dispararon destrozando parte de la estatua.
Sobre Viuda Rumi hay varias versiones, mencionaremos los más importantes.
Versión recopilada por Grimaldo Chalco y Roque Ccellccascca. Según esta versión llegó una vez a Chungui una mujer viuda, posiblemente proveniente de Apurimac o Anco. Según la leyenda dos Apus, montañas tutelares llamados Pichi y Minaq se enamoraron de ella (según otras versiones participaron también Osambre, Yanaqocha, Qorisilla y Llaveqaqa). El Apu Minaq convertido en joven buen mozo la enamoró y la convirtió en su esposa, viendo esto el Apu Pichi le declaró la guerra, para entonces el Apu Minaq había dado muchos regalos a la mujer y había tenido un niño con ella, el Apu Pichi le arrebató las riquezas que la mujer tenía, la guerra fue estruendosa puesto que usaban rayos y truenos como armas. Como el Apu Pichi era más poderoso, venció al Apu Minaq arrebatándole sus riquezas y a su mujer llevándose consigo a sus aposentos en Pichi, durante la huída la mujer se convirtió en piedra al dar la vuelta para ver lo que pasaba por obra del Apu Minaq quedando su imagen para consuelo de él, pero según parece es sólo una imagen y que a la verdadera mujer logró llevarse el Apu Pichi.
Cuando se habla de duendes generalmente se cree que uno se
esta refiriendo a esas pequeñas criaturas verdes propias de la mitología
irlandesa, que esconden sus monedas de oro al final del arco iris. Sin embargo,
estas leyendas también son conocidas en los Andes, con la diferencia de que
allí habitan en cavernas subterráneas y - para no perder la costumbre – son
mineros. Son los llamados Mukis , el cual resulta de una castellanización del
vocablo quechua murik, que significa "el que asfixia" o muriska
"el que es asfixiado”. La creencia en la existencia del i surgiría
tanto de las antiguas tradiciones andinas sobre los demonios y pequeños seres
que pueblan el “Uku Pacha” o mundo de abajo, como de los propios temores y de
la necesidad de los trabajadores de encontrar una explicación a las cosas
extraordinarias que suelen ocurrir diariamente en la labor minera para lo cual
no encuentran respuesta alguna .¿Y como son estos duendes? Se pregunta uno. De
estatura pequeña, el Muki no excede los cincuenta centímetros, de cuerpo
fornido y desproporcionado, perteneciendo a la categoría de los enanos. Su
cabeza está unida al tronco, pero no tiene cuello. Su voz es grave y ronca, no
concordante con su estatura. Sus cabellos son largos, de color rubio brillante,
su rostro está cubierto de vellos y posee una barba larga. De orejas
puntiagudas, su mirada es penetrante, agresiva e hipnótica, de reflejos
metálicos. En otras tradiciones mineras, su cabeza presenta dos cuernos los
cuales le sirven para romper las rocas y señalar las vetas. Habitan en lugares
desérticos y atacan produciendo bastante miedo a sus víctimas o adversarios.
Asimismo se dice que suelen llevarse niños solos e indefensos para convertirlos
en duendecillos. Su descripción varía de acuerdo a la época. Antiguamente, por
la década de los años 1930, se decía que recorría el interior de las minas
sosteniendo en la mano, una pequeña lámpara de carburo, abrigado con un poncho
hecho de lana de vicuña. Tenía en la cabeza dos pequeños cuernos relucientes y
hablaba con voz suave. En la actualidad no es muy diferente, aunque ahora vista
ropa de minero, botas de agua y use una linterna eléctrica a batería. A veces
el pequeño duende toma también la forma de animal o de un hombre muy blanco y
rubio para presentarse a los mineros y engañarlos. Gustan de lanzar penetrantes
silbidos en el interior de las minas, con el cual anuncian peligro y
salvaguardan a los mineros de su simpatía. Se dice que es muy comunicativo, y
hasta incluso se comunica en los sueños. En otras ocasiones, producen
desconcierto y miedo. El Muki se inmiscuye en el destino de los trabajadores de
la mina, gratificándolos o escarmentándolos. Es por ello que este misterioso
enano investido de poder es conocido como el dueño de las minas. A su voluntad,
hace aparecer o desaparecer las vetas de oro. Está atento a las obsesiones,
resentimientos, ambiciones y frustraciones de los mineros. Y, al tiempo que
demuestra simpatía hacia unos, genera castigo y escarmiento a otros. Puede
aliviar el trabajo, ablandar las vetas o endurecerlas, si prefiere. Suele
conceder favores, establecer pactos, sellar alianzas, llegar a acuerdos a plazo
fijo, que cobra puntual e inexorablemente, ya que, estos donantes de la buena o
mala suerte, poseen un código de honor preciso y reservado. Y el minero al no
cumplir con su promesa, termina perdiendo la vida. Sin embargo, se dice que es
posible atraparlos y obligarlos a entregarles todo su oro a cambio de no
llevarlos a la superficie ya que tienen miedo a la luz del sol, porque este los
desvanece y los mata: En otras ocasiones para enfrentarlos, se suele utilizar
el cinturón y darles de correazos con mucha fuerza sin miedo alguno hasta
dejarlos medio muertos y exigirle todas sus riquezas a cambio de su vida. Sean
ciertas o no todas estas historias,la creencia sobre su existencia esta
ampliamente difundida en los Andes del Perú a pesar de la distancia y el
aislamiento de los campamentos mineros donde se les suele encontrar, aunque
claro, solo varia su nombre de acuerdo a las regiones en las que supuestamente
habita ¿A que no te gustaría atrapar a uno?
Era motivo para conocer al hijo del gran hacedor del cielo, del agua, el aire y la tierra, creador de todos los seres que viven en este planeta, conocer al descendiente del hijo del sol, el gobernante del gran imperio, que estaría presente y dar inicio a la festividad del “Chaco Pesca”. Vendrían de todas las poblaciones cercanas de los valles vecinos y todo lugar de donde se podía llegar para vivir este acontecimiento y conocer a su inca. La expectativa era grande.
El Inca se situaba estratégicamente en el lugar hoy conocido como “Los Pacaysitos” donde se celebraban algunos ritos religiosos en el “UNOS” lugar también donde se realizaban las celebraciones principales; recibía el saludo del pueblo, después de recibir el saludo de los principales jefes de la zona pasaba a recibir a los competidores a quienes les arengaba para que desempeñaran de manera óptima en la competencia , se retiraba a lo alto del cerro denominado el Castillo, donde apreciaba a la belleza del valle en toda su magnitud. Cuando los participantes estaban en el agua con sus balsas y atarrayas, esperaban que el Inca levantara la mano y la bajara para que dé inicio la competencia, a pesar del caudal que tenía el río, la destreza de los competidores hacían ver que no era ningún obstáculo desplazándose con facilidad sobre el agua. La prueba consistía en navegar desde los Pacaycitos hasta el chiflón a la vez pescar durante el trayecto lizas, pejerreyes y camarones, llegaban al chiflón y retornaban corriendo hasta huacapuy, El que llegaba primero y la mayor pesca era el ganador.
En las riveras del río los pobladores se apostaban para ver el espectáculo y dar ánimos preferenciales a sus admirados, los alentaban durante todo el trayecto haciendo que los competidores eleven el ánimo para remar y luego correr.
El premio al ganador era la más bella, hermosa, soltera y joven ñusta de la región que, previamente para esta festividad, era entregada por el mismo inca como trofeo y anunciaba la apertura de la pesca de los camarones.
Recompensa que recibían todos los pobladores que habían respetado la temporada de veda, ya que aquel que pescó en esa época era castigado con la expulsión del poblado no solamente el sino inclusive su familia por cometer este delito contra el respeto a la naturaleza y el sustento alimenticio de sus semejantes, además de no haber cumplido con el mandato del Inca.
Después de terminada la competencia y la apertura a la pesca, seguía la fiesta que duraba varios días, presenciando las danzas traídas de la sierra de la selva y por su puesto las danzas de la costa donde bailaban propios y extraños hasta agotar la última de sus energías, saboreando las sabrosas capiscas de camarones y pescado tanto del mar como del río.
Achirana significa "Lo que corre limpiamente hacia lo que es hermoso" y resume la leyenda de una de ellas en Ica, región ubicada al sur del Perú, que con maestría don Ricardo Palma cuenta en una de sus tradiciones más populares.
Inca Pachacutec (Foto: Internet)
La Achirana del inca, narra el sentimiento que inspiró una doncella en el implacable Pachacútec, cuando éste dominara el valle de Ica sin mayor esfuerzo, dado que sus habitantes eran muy pacíficos.
Recorriendo el territorio sometido, el Inca llegó hasta un desértico pago llamado Tate, cuya dueña era una anciana que vivía acompañada de su bellísima hija, de quien Pachacútec quedó prendado y dispuesto a conquistar. Si bien el territorio había sido fácil de dominar, no fue así el corazón de la joven. Ella no se dejó deslumbrar por el rango de su pretendiente, pues amaba a un joven de su comarca.
Conmovido por el desinterés y honestidad de la doncella, el inca quiso plasmar su admiración y cariño concediéndole lo que ella pidiese. La joven arrodillada le suplicó agua para sus tierras que morían de sed: "Siembra beneficios y tendrás cosechas de bendiciones"- le dijo besando su manto.
Pachacútec prosiguió su camino triunfal en su anda de oro, pero sus cuarenta mil hombres se quedaron diez días para ejecutar su promesa: Abrir el cauce que llevaría agua a los pagos de esa región iqueña. Aquella achorana quedaría como un homenaje al sentimiento de un poderoso soberano doblegado por una doncella.
En Tacaraca, centro indígena de alguna importancia, durante el período precolombino vivía una ñusta de verdes-pardosas pupilas, cabellera negra como el negro azabache que forma piedra escogida de la tierra, o quizás como el negro profundo del chivillo, el pájaro quebradino de las notas agudas, el tordo de nuestros alfalfares de las cejas de las sierras, doncella roja de curvas y sensuales contornos gallardos, como las vasijas del Sol en el Coricancha de los Incas.
Allí cerca también de las alturas de Pariña Chica, el pago de las huacas, de los enormes tinajones y las gigantescas lampas de huarango esculpido, vivía Ajall Kriña; apuesto mozo de mirada dura y fiera en el combate, como la porra que se yergue en la mano del guerreo o como la bruñida flecha de tendido arco; pero de mirada dulce y suave en la paz, en el hogar, en el pueblo, como rizada nota de música antigua; como gorjeo de quena hogareña, percibida a lo lejos por el fatigado guerrero que tras dilatada ausencia regresa.
Ajall Kriña, enamoróse perdidamente de las formas blandas, pulidas de la virgen del pueblo y un día en la confusa claridad de una mañana, cuando la ñusta llevaba en la oquedad de esculpida arcilla, el agua pura, su alma apagada y muda hasta entonces, abrió la jaula y dejó cantar a la alondra del corazón:
Mi corazón en tu pecho cómo permitieras; aunque penda de un abismo, muy hondo, muy hondo o estrecho de modo que tú me quieras como tu corazón mismo.
La de las eternas lágrimas, la princesa Huacachina, llamada así porque desde que los ojos de su alma se abrieron a la vida, no hicieron sino llorar; no tardó en corresponder el cariño hondo, fervoroso e intenso del feliz varón de los cambiantes ojos de fiereza o de dulzura, de acero o de miel.
Todas las mañanas y todas las tardes, en los cárdenos ocasos o con las rosadas auroras, Huacachina, cuyas lágrimas parecían haberse secado para siempre, entregaba a Ajall Kriña, las preferencias de su corazón, las joyas de su ternura, los incendios de su alma pura y sencilla.
Pero la felicidad que siempre se sueña eterna a los ojos egoístas de que goza, voló como el céfiro fugitivo que se escurre entre las hojas de los árboles o entre las hebras del ramaje. Orden del Cuzco, disponía que todos los mozos se aprestaran a salir inmediatamente, para combatir sublevación de lejano pueblo belicoso. Ajall Kriña, con el alma despedazada, se despidió de su ñusta hechicera. Ella le juró amor, fidelidad, cariño y él, alegre, feliz porque comprendía con la fe y la fiebre del que quiere, que ella no lo engañaría y entregaría su corazón como aquella otra ñusta odiosa de la leyenda iqueña que enajenó su ser por el oro de la joya, la turquesa del adorno y los kilos de la blanca lana como vellón de angora, marchó con otros de su pueblo en pos de nuevos soles a develar la rebelión, a sofocar el movimiento sacrílego contra el Dios-Inca.
Ajall Kriña, con heridas terribles, abiertas en el cuerpo de bronce, muere en el combate después de haber luchado como un león. La triste nueva, pronto se comunica a Huacachina, la bella princesa de los ojos hechiceros, quien alocada, desesperada, al amparo de las sombras que se vienen, huye sin que lo adviertan sus padres entre los cerros y los cuchillos de arena, hasta caer postrada, abatida, jadeante, sudorosa, con el llanto que desbordándose del manantial inagotable de sus olas, caían en las arenas que como pañuelos de batista, se extendían más allá de la Huega.
Las lágrimas ruedan y siguen rodando muchos minutos; numerosos días; tiempo tal vez incontable para ella, de sus ojos inyectados por el dolor y cuando el hambre, el dolor, la tristeza, la desventura, rompen el frágil cristal de su alma y la vida huye y se aleja veloz, esas abundantes lágrimas, absorbidas por las candentes arenas, surgen a flor de tierra en el inmenso hoyo amurallado por las arenas superpuestas, después de haberse saturado, con las sustancias de la entraña de la tierra, que las devuelve por no poder resistir el contagio del inmenso dolor.
En el día, las verdes aguas pardosas se evaporan en pequeña cantidad hacia los cielos, como si fueran llamadas por los dioses para aprender del dolor y se cuenta que todavía en las noches, cuando las sombras y el silencio han empujado a la luz, al ruido, sale la princesa, cubierta con el manto de su cabellera que se plisa u ondea en su cuerpo; con ese manto negro, muy negro, pero menos obscuro que su alma, para seguir llorando su llanto de ausencia y de pesadumbre, algunas de cuyas gotas todavía se descubren en la mañana, en los primeros minutos de la luz, hasta sobre los raros juncos que a veces brotan en la orilla de oquedad; se ven sobre las innumerables hojas rugosas del toñuz tendido en sus ocios y se perciben sobre cada uno de los dientes de las hojas peinadas del viejo algarrobo, que extiende sus ramas levantándose sobre la cama de arena, para pedir a los cielos, piedad y consuelo, destinados a la princesa de la dicha rota, del ensueño deshecho, del paraíso trunco.
Esta casa que de acuerdo a la tradición popular y testimonios que dan cuenta de fenómenos paranormales, Se encuentra situado al borde de la carretera que va del anexo Uchupampa a Catapalla, a 15 minutos del distrito de Lunahuaná.
La tradición mantenida por los lugareños cuenta que como consecuencia de la guerra con Chile (1881), un hacendado, cuyo nombre se ha perdido en el tiempo, y que según se dice era italiano, había ya para entonces construido esta casa, habitándola con su familia. Una noche los soldados chilenos atacaron el pueblo y lo destruyeron todo victimando al hacendado y a miembros de su familia. Años más tarde, la casa fue ocupada por una nieta, quien nunca imaginó que los espíritus de las personas muertas habitaban aún la casa: ella y su familia comenzaron a escuchar todas las noches: ruidos, quejidos, voces y lamentos, y toda suerte de eventos paranormales con la visión de fantasmas. Esto motivaría que abandonaran la casa que no ha sido habitada desde entonces, sin embargo hace unos algunos años atrás se pensó en convertir la casa en un hotel y para ello se empezaron a realizar las obras respectivas, sin embargo estas fueron abandonadas de forma inexplicable.
Desde entonces los lugareños consideraron que este era un lugar del cual era mejor mantenerse alejados.
Mucho tiempo después la historia de la casa recobró notoriedad, cuando un grupo de jóvenes, de aquellos que suelen realizar actividades recreativas y de aventura, provenientes de Lima fueron protagonistas de una de las historias más escalofriantes y recordadas de aquel entonces, la mima que cuenta que: aquellos jóvenes que llegaron al lugar por la noche, vieron luces, escucharon voces, música y jolgorio se animaron a entrar en esta casa donde al parecer se realizaba una fiesta, allí brindaron y bailaron, y en lo mejor de la velada de un momento a otro, todo se tornó lúgubre y vacío, ya no había gente alrededor, ni se oía música alguna. Aterrados los jóvenes salieron despavoridos corriendo de la casa, hacia la carretera que pasa al frente de la casa e intempestivamente fue atropellado por un vehículo que transitaba por el lugar…
Como esta son muchas las historias que se cuentan, muchas de estas historias verosímiles, pero otras carentes de todo sentido, pero que los lugareños se han encargado de difundir alimentado la tradición.
Cachiche es el nombre de un pueblo, que desde épocas pasadas fue sinónimo de hechicería para muchos peruanos, Cachiche parecia un pueblo de brujas, pues albergó incontables mujeres que de acuerdo con los iqueños, poseían poderes sobrenaturales, utilizados –segun decían– para extirpar los males del cuerpo y preparar brebajes que garantizaban el amor de la pareja, entre otras santerías.